martes, 30 de noviembre de 2010

Los del nuevo milenio

Los reencuentros siempre son eventos curiosos. Hace unas semanas celebramos los 10 años de graduados de CMA. Diez años de aquella camisa gris y aquel sol que pretendía hacernos sentir como la luz del colegio. Diez años de las excursiones al Viejo San Juan y de los bailes para recaudar fondos para el Prom. Diez años de aquel profesor de religión, fanático, que con sus palabras incomprensibles y divinas nos sacaba demonios en la capilla del colegio. Diez años de los raviolis y la leche con Quik. Diez años (en realidad de esto son casi once) desde que le dijimos adiós a uno de los compañeros más carísmáticos y adorables, el que se fue con las olas que tanto amaba.

Diez años también de una de las clases más desunidas que vió el colegio. La clase del 2000 que nunca se pudo poner de acuerdo para terminar su anuario. Probablemente una de las pocas clases de toda la isla que no tiene anuario. Diez años de grupitos que no se integraban y que tras años de estudiar juntos nisiquiera se conocían. Diez años en los que hemos crecido de maneras tan diversas (aunque definitivamente todos crecimos de ancho).

Y llegó el reencuentro que muchos pensaban nunca ocurriría. Todos de azul o blanco con excepción de algunos disidentes que decidieron rebelarse contra las reglas del juego. Y todos eramos sonrisas, besos y conversaciones incompletas. Eramos extraños conocidos olvidando y recordando viejos tiempos. Si el espacio hubiera sido más grande quizás se hubieran notado los viejos grupitos, pero como estabamos todos muy cerca parecíamos haber logrado esa unión que nos faltó en otra época.

Y los más curioso de todo es que tras diez años sin estar todos juntos valió más una pelea de boxeadores extranjeros. Ellos no estuvieron en el 2000 pero en el 2010 pelearon en nuestro reencuentro. En el 2010 para la mayoría fue más importante mirar otro espectáculo. Aún así fue una linda fiesta. Volver a ver aquellas caras, volver a escuchar aquellas voces, volver a reir con aquellos que fueron amigos y enemigos.

Y sobre los amigos y los enemigos de juventud se pueden contar muchas más historias. Después de años fuera de la Isla, de haber estado desconectada de la mayoría de los que allí estaban descubrí a viejos amigos que siguen siendo los mismos. Encontré a algunos no tan amigos que se interesaban  por mi y se alegraban de corazón por mi regreso. También me desilusionaron aquellos que solían ser amigos y me saludaron con indiferencia. En fin, es la vida que nos lleva por caminos complejos.

No sé si pasarán diez años más para otro reencuentro, ojalá que no. Tengo muchas ganas de terminar todas las conversaciones que inicié esa noche con aquellos extraños conocidos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El choque de la vuelta

Cuando vives como estudiante en un país que no es el tuyo es muy fácil alejarse de la realidad de la que saliste. Desconectarse suele ser una de las razones para irse a otro país. El problema del enajenamiento es el choque al que te enfrentas cuando regresas.

De repente todo parece estar mal. Un joven de 14 años viola y asesina a su abuela. Una adolescente de 16 años mata a su bebé recién nacido en la bañera de su casa. Una chica de 18 años roba y apuñala a su amante de 78. Parece que el pequeño mundo de 100 por 35 millas (160 por 56 kilómetros) al que llamamos patria se ha convertido en una especie de Sodoma y Gomorra del siglo XXI.

Por un lado están los consumidores desesperados que dejan a sus familias en fechas especiales para madrugar en centros comerciales que les ofrecen ofertas de ilusionista. Lo que traducimos como viernes negro, lo único que demuestra es lo bien colonizados que estamos bajo el imperio del consumismo (Lucha por rompa interior).

Por otra parte están los políticos ofuscados en disfrazar sus fracasos con anuncios dignos de una película de Bruce Willis (Seguridad by San Juan Ciudad Capital). Hablo de "El Alcalde", supongo que quien esté en la isla o haya estado debe imaginarse quién es. Sus anuncios en cine y televisión  sobre su buena administración y la rápida y eficaz acción de las entidades municipales parecen una parodia cuando pasas por la ciudad y la ves más sucia y desmejorada que nunca, sin espacios de libertad y con las calles rotas como rota parece estar también su gente.

Desde que llegue a la isla me parece que el viernes negro sea todos los días. Llevamos casi 900 asesinatos este año y no parece que vayan a parar. Los políticos hacen lo que les da la gana, ignorando al pueblo. Los empresarios hacen lo que les da la gana, ignorando a sus empleados. Los niños hacen lo que les da la gana, ignorando a sus maestros. Y ni hablar de la UPR, donde de momento parece que los estudiantes son los más sensatos y coherentes. Esperemos que cuando sean ellos quienes estén en el poder no olviden sus luchas de juventud.

En fin que a la vuelta, el "reality check" parece ser muy áspero y duro. Antes de regresar otros amigos ya habían pasado el choque. Recuerdo sus quejidos, su desesperación y frustración al reencontrarse con esta fea realidad. Ahora me toca a mi regresar a mi pequeño Macondo y sé que es parte del proceso y que dentro de un tiempo, cuando me dejen de doler los sentidos podré ver que no todo es tan terrible y que las cosas no están tan mal como parecen.

De todos modos, hay algo muy importante que aprendí en estos años. Estas cosas pasan en todas partes, lo que sucede es que somos incapaces de escapar del insularismo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Crème Brûlée

Hablando de vueltas e idas, recién estoy de vuelta. Hace unas pocas semanas que he regresado a Puerto Rico después de vivir tres años en España. Los pasados meses fueron un caos. Viví entre mudanzas, cambios, decisiones, despedidas y viajes. Todavía estoy procesando muchas de esas volteretas de la vida que han culminado con mi regreso a casa. Ahora mi cabeza comienza a asentarse y a asimilar todo lo que ha pasado. Y es entonces cuando el mundo se ha decidido a hacerme una sola pregunta: ¿cómo te sientes?

¿Qué cómo me siento? Podría decir que bien. También podría añadir que contenta, mareada, confundida, ilusionada, triste, esperanzada, alegre y tantos otros adjetivos. Sin embargo la respuesta que viene a mi mente es: no tengo ni idea. La verdad es que no entiendo este repentino interés por saber cómo me siento. Cuando en verano estaba terminando una investigación y me preparaba a defenderla ante un jurado de doctores académicos alejados de la realidad actual, nadie me preguntó cómo me sentía. Cuando en octubre me casé en una ceremonia civil de cinco minutos en un pueblo perdido de Sevilla y me mudé un día después de ciudad, nadie me preguntó cómo me sentía. Cuando mi novio/esposo y yo decidimos mudarnos a Puerto Rico y dejar la cómoda vida sevillana, nadie me preguntó cómo me sentía. Sin embargo al llegar a la isla todos insisten en querer saberlo.

Pues ahora no tengo una respuesta razonable. Ahora comienzo a acostumbrarme a mi nueva habitación en la casa de mis padres. Mientras tanto espero la llegada de mi novio/esposo/compañero. Para entretenerme me hago una rutina de ejercicios y una de búsqueda de empleos. Y en los tiempos libres intento reacostumbrar mis rizos a la humedad extrema, reconectar con viejos amigos que han seguido caminos diversos y observar como se va formando una especie de dictadura  silenciosa que busca llevar a cabo su agenda política aunque tengan que rodar cabezas. Bueno, a fin de cuentas sí sé cómo me siento, es como si estuviera sobre la capa de azúcar caramelizada que tiene el crème brûlée.

Sí el crème brûlée, ese postre francés que tiene una capita de azúcar dura que tienes que romper con la cuchara para poder saborear una deliciosa crema dulce. Pues siento que en cualquier momento se romperá esa fina capa de azúcar que me tiene adormecida y caeré sobre esa masa viscosa y dulce que me embriagará. Al leer mis palabras veo que no tienen mucho sentido pero es así. La primera vez que probé el postre me gustó la idea de romper la capita de azúcar pero me sorprendió el sabor en el interior del envase.

Quizás es que estoy esperando que algo de mi vuelta a casa me sorprenda. Lo que sucede es que de repente parece como si estos tres años no hubieran pasado, como si todo hubiera estado detenido en el tiempo y nada hubiera cambiado. Pero eso es sólo la superficie. Muchas cosas han cambiado, mucha gente ha cambiado y ahora simplemente me siento deseosa de probar el sabor de los cambios.