Ayer la administración de la Universidad de Puerto Rico (UPR) decidió que para mantener la institución abierta llegarían hasta las últimas consecuencias. La gran idea: quitar los portones que pretendían tomar los estudiantes en un paro de 48 horas para protestar por la implantación de una cuota desorbitada. Para ellos un símbolo de que la universidad seguiría abierta, para los estudiantes un símbolo de provocación y abuso de la autoridad. La remoción de los portones quedó como algo anecdótico ante los arrestos injustificados y los abusos de los guardias de seguridad privados que arremetieron contra los estudiantes. Para mí fue una evidencia tangible de la destrucción de la UPR.
Este año nos ha impactado como el gobierno de Puerto Rico y la Junta de Síndicos ha ido destruyendo la universidad desde fuera. Pero la universidad ya estaba enferma de muerte. La principal institución de educación superior de la Isla hace mucho que tiene un cáncer que se la come por dentro. No pretendo acusar a nadie, como ex alumna y ex empleada me he quedado con muchos buenos recuerdos y muchos buenos amigos.
Sin embargo, la UPR se regodea en una burocracia a modo de espiral que hace que no llegues a ninguna parte si no tienes una buena pala. La UPR convierte a grandes talentos en lacayos de un ambiente hostil y lleno de servilismo en el que si no estás con las vacas gordas estás en su contra. Y si estás en su contra estás en el infierno institucional. Hay quienes intentan nadar contracorriente pero están destinados (si logran conseguir una plaza) a esquinas oscuras y polvorientas, al silencio del que tiene miedo de perder lo alcanzado y por eso se limita a hacer su trabajo con el menor esfuerzo posible.
La universidad respira desasosiego desde hace muchos años. La universidad respira asmática, moribunda intentando sostenerse entre edificios centenarios y nuevas construcciones mal planificadas donde se pretende ofrecer una educación de calidad. La universidad se nos muere como se le mueren las ganas a los alumnos de pasar el mayor tiempo posible estudiando y empapándose de saberes. La universidad se nos consume como se nos consumen los profesores de exceso de trabajo y hastío generalizado. La universidad se nos agota como se agotan las ganas de los empleados de hacer bien por lo que bien se les paga.
Entonces, ¿cuál será la mejor cura para este mal interno y externo que padece nuestra alma mater? ¿Qué podemos hacer para que no se nos muera? ¿Será que la tendremos que ver caer, cual Babilonia, para que resurja de sus escombros una universidad nueva? ¿Será que necesita de todos nosotros para que sea un verdadero universo de conocimientos donde haya espacios acogedores para todos? ¿Será que tendremos que practicarle la eutanasia para construir un nuevo rumbo? ¿Cuánto más tendrá que aguantar para que nos demos cuenta de que su enfermedad somos todos nosotros que nos peleamos por ella sin contar con ella?
Genial!!
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